Hay lugares que a priori no te resultan lo suficientemente interesantes como para marcarte emocionalmente, pero de pronto algo cambia, y sí lo hacen.
Siempre he sido de esas personas emocionales a las que la mayoría de cosas le recuerda algo, simplemente un aroma, y por ello creo que tengo tantos recuerdos de estos dieciocho años.
Es complicado quedarse con un momento de todos los vividos, pero es imposible no sonreír al rememorar algunos de ellos. Han pasado muchas personas, algunas que se han ido y muchas tantas que vendrán, y en parte, gracias a ellos, somos quienes somos actualmente. No creo que tengamos que arrepentirnos de los errores que hayamos cometido, puesto que, de lo contrario, no habríamos aprendido. Tenemos que chocarnos, equivocarnos, morir de coraje y luego, tras todo eso, cambiar la manera de actuar en ese aspecto concreto.
Personalmente yo soy de esas personas que a pesar de distintas circunstancias ha intentado sacar todo lo positivo de ellas, y sí, claro que me han influenciado, pero quizás no ha sido todo lo malo, aunque lo peor pienso que ha podido ser mi desconfianza a la mayoría de personas que aparecen en mi vida. Me cuesta muchísimo fiarme de alguien a quien no conozco, pero cuando lo hago puedo ser de las personas más sinceras que existe, tanto para lo bueno como para todo lo contrario.
Y con esto de la confianza, viene de la mano la compañía, sentirte libre con una persona, totalmente tranquilo de que puedes decir lo que quieras y cuando quieras sin ningún tipo de reparo. Y cuando vas a un sitio concreto, con una persona concreta que te haga sentir todo lo anterior, creo que tu visión de ese lugar cambia totalmente, se vuelve mucho más apetecible, y las ganas de volver aumentan conforme los días pasan allí con esa persona.
Todo se trata de sentimientos, de sentir, de no dejarse nada por contar.
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